domingo, 2 de octubre de 2011

Madrid: Buitrago del Lozoya-Monasterio de El Paular


Hacía tiempo que tenía ganas de visitar este pueblo. Buitrago del Lozoya lo he visto siempre desde la A-1 cada vez que iba o volvía de Santander y siempre me llamaba la atención su muralla y su torre del reloj.

La visita nos sorprendió muy gratamente. El pueblo se encuentra completa y doblemente abrazado por su muralla y por el río.




Pudimos disfrutar de una exposición de armas medievales en un marco perfecto aunque, desgraciadamente, no fue hasta que llegamos que descubrimos que se organizan unas visitas teatralizadas para las que es necesario hacer reserva previa y que seguro que suponen un aliciente importante sobre todo para los más pequeños... se intentará en otra ocasión.






Un simple paseo por la muralla es un placer y la fortaleza de los Mendoza una sorpresa.




Comimos en el restaurante 'La Muralla' en el que es aconsejable reservar previamente y en el que nos sorprendió su cocina.

Tras la rica comida, nos fuimos al monasterio de El Paular. No sólo es bonito su exterior,



 sino que su interior es espectacular.



Una vez fuera del monasterio, cruzamos el puente de El Perdón para dar un paseo hasta la zona de
recreo de Las Presillas. Es un paseo muy agradable que puede discurrir siempre por asfalto o a través de un pequeño robledal al que se puede acceder por una portilla de madera que se encuentra a mano derecha discurridos unos doscientos metros del camino asfaltado.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Madrid: La Hiruela

Llevábamos meses intentando visitar este pueblo de la sierra madrileña y parecía que siempre surgía algo que nos lo impedía. El sábado, por fin, parecía que los astros se habían alineado.


Habíamos quedado en el museo etnológico de La Hiruela a las doce menos cuarto con el guía que nos iba a acompañar. Llegamos bien de tiempo, así que tuvimos tiempo de visitar el museo antes de hacer la ruta. La visita merece la pena. Es pequeñito y entrañable. La mayoría de los objetos que allí se ven fueron cedidos por gente del lugar (el 70% según Miguel Ángel, el guía) y con ellos se ha representado una casa típica de la comarca.
Las rutas guiadas salen a las doce y a las cuatro de la tarde, así que llegada la hora y visto que no viene nadie más comenzamos el recorrido. La ruta que vamos a hacer se llama 'Los oficios de la vida' y la elegimos porque creemos que será la que más pueda atraer la atención de las niñas (tiene una longitud de dos kilómetros y medio).



Salimos del museo y nos dirigimos a la iglesia. Allí tomamos el sendero que sale por el lateral izquierdo de la iglesia que pasa por las huertas. En seguida comenzamos a entrar en el robledal. Estamos haciendo el camino que utilizaba el molinero con sus mulas para llegar al molino de agua. Los troncos de los robles están recubiertos de unos líquenes que certifican la calidad del aire del lugar ya que necesitan muy buena oxigenación para su crecimiento.



Lo primero que nos encontramos es el colmenar tradicional. Para entrar hay que atravesar una puerta estrecha y bajita. Dentro nos encontramos con las antiguas colmenas. Miguel Ángel nos explica que la gente del pueblo colocaba los troncos huecos, los atravesaba con palos que servían para colocar baldas en su interior y finalmente ponían el 'techo' de piedra. Para conseguir que fueran las abejas se ponía una reina y un poco de miel. Cada tronco se identificaba con unas placas metálicas en las que cada propietario ponía su distintivo. Importantísima era también la orientación: sur-este, es decir, mucho sol. Finalmente el colmenar se rodeaba de un nuro y las entradas se hacían pequeñas para evitar que los osos que habitaban la sierra entraran.


Salimos del colmenar para ir hacia el molino harinero. Por el camino nos encontramos con una curiosidad que nos explica Miguel Ángel: es como una cápsula que cuelga de la rama de un roble. La cápsula se llama galla y es el resultado de un pacto natural entre el roble y las larbas de un insecto. Las larbas son depositadas en el árbol y éste, para que no lo dañen, les construye una 'casa' para que maduren y salgan cuando hayan crecido.
Proseguimos el camino hasta llegar a una preciosa esplanada por la que pasa el río Jarama y en la que se encuentra el molino.

En la esplanada nos encontramos unas flores. Son azafrán y Miguel Ángel nos comenta que en el mes de Octubre se plaga de ellas.
Entramos en el molino que se ha restaurado con ayudas de la unión europea y de la comunidad de Madrid. Allí Miguel Ángel intenta poner en marcha el molino, pero el río baja con muy poco agua y no puede ser. Así que nos tenemos que conformar con ver un vídeo en el que se entrevista al último molinero (que aún vive) y se ve el molino en marcha. Miguel Ángel nos explica que sobre todo se molía centeno y cebada para el ganado, ya que el trigo no se da a ciertas altitudes.
Para conseguir trigo debían ir a otros lugares y cambiar carbón vegetal por trigo. Precisamente nos dirigiremos después a la carbonera.
Al salir del molino cruzamos el río Jarama y comenzamos a subir hacia la carretera. Por el camino hay unas vistas fenomenales del colmenar.
Para llegar a la carbonera hay que recorrer un tramo de la ruta por la carretera. Al llegar allí Miguel Ángel nos explica que cuando se hacía la poda se clasificaban los trozos de madera (cortados con hacha) por su tamaño, se montana un mástil y se comenzaban a apilar las maderas dejando una chimenea central. Una vez hecho el montón de roble, se cubría de arcilla y, con ayuda de escaleras, se echaba la mecha por el orificio superior de la chimenea. Se hacían perforaciones en la base para que circulara el aire y había que esperar veinte días durante los cuales tenía que estar noche y día una persona vigilando el color del humo que salía por los orificios de la base para saber si tenía que cerrar o abrir la chimenea.


Transcurrido el tiempo necesario, se separaba en carbón del brezo y se cargaba en mulas para llevarlo a Madrid. Un oficio muy durísimo que está en desuso.
Tras visitar la carbonera regresamos a La Hiruela atravesando un bosque de avellanos. Por el camino cogimos y comimos moras (era la primera vez que nuestras hijas las comían) además de cieruelas silvestres que Miguel Ángel consiguió tirar a base de bastonazos (buenísimas).
Era ya la hora de comer, así que fuimos a buscar un lugar. Por suerte conseguimos comer en 'Casa Aldaba'. Teníamos que haber reservado antes, así que recomiendo a quien se anime a ir que reserve al llegar.
Tras la comida nos apetecía dar otro paseo, así que decidimos hacer la ruta de la Fuente Lugar que es de kilómetro y medio.



El comienzo de la ruta es especialmente bonito:parece que los árboles se inclinaran sobre el camino quedando enlazadas las ramas de los de un lado del sendero con las de los del otro lado.

Luego llegamos a la Fuente Lugar que es un manantial natural en el que se encontraban los lavaderos que utilizaban las mujeres del pueblo en invierno por estar bien resguardado. Ahora los lavaderos los han reconstruido.




El camino nos lleva a cruzar un pequeño puente de madera para luego llevarnos paralelos a un río que ahora pasaba casi vacío. De nuevo volver a cruzar otro puente para finalmente llegar hasta el aparcamiento de La Hiruela.
Sin duda alguna un día espléndido.

Hay más rutas de las que se puede obtener información en el museo etnológico de La Hiruela.

martes, 30 de agosto de 2011

Canarias: Tenerife

Todos los años procuramos pasar una semana en un hotel cerca de la playa que se encuentre en un lugar en el que haya posibilidades de hacer alguna visita interesante. Este año elegimos Tenerife como nuestro destino. Estuvimos en costa Adeje, en un hotel al lado de la playa del Duque. Es un lugar tranquilo, con un paseo marítimo precioso y con lugares muy agradables donde poder sentarse a tomar algo. Por las noches hay terrazas con música en vivo y restaurantes muy coquetos que, con las niñas, no pudimos probar... hubiéramos roto el encanto a las parejitas románticas que solían estar.

La playa del Duque es gris, digo gris porque ni es dorada ni negra, y tiene unas muy buenas dimensiones.

Recorriendo el paseo marítimo dirección a La Caleta, se llega a una extensa playa de piedras y, al final de ésta, aparece un paisaje sorprendente. No sé quién comenzaría a hacerlo ni por qué se contagió la gente para repetirlo, pero el resultado resulta al menos curioso. Aparecen torres de piedras en perfecto equilibrio. A mí me resultaba casi hasta espiritual, y está claro que algo parecido le pasa a todo el mundo cuando se respeta. Algunas torres eran sencillas, pero algunas tenían alturas considerables con equilibrios imposibles. La verdad es que era un placer pasear con sumo cuidado entre ellas dejándose sorprender a cada rato.


En estas semanas de hotel, que para mí son realmente mi descanso estival (ya que no me tengo que preocupar de comidas ni de recoger la casa), solemos reservar tres días para hacer excursiones. Y este año no iba a ser menos.

La verdad es que la isla tiene mucho que ofrecer y, tras obtener un montón de información, tuvimos que seleccionar lo que nos podía dar tiempo y la edad de las niñas nos permitía hacer (por ejemplo, nos quedamos con las ganas de entrar en la cueva de los vientos, pero los niños tienen que tener seis años o más... y nosotros tenemos una de tres).

Nuestro primer día de excursión iba a resultar el más intenso. Salimos del hotel después de desayunar y nos dirigimos al norte por la autopista hasta llegar a La Laguna.

Nuestro primer destino eran las montañas Anaga. La zona norte de la isla es húmeda y muy verde. De hecho teníamos la sensación de estar circulando por alguna de las carreteras de montaña de la cordillera cantábrica. Aunque las montañas son diferentes, aquí me parecían más salvajes y escarpadas y más cubiertas de vegetación. La carretera es complicada: no es muy ancha y las curvas no dan ni media tregua. No es muy apto para gente que se marée con facilidad. Pero el paisaje es excepcional y realmente merece la pena.
La carretera llega hasta Taganana y desde allí vamos a Benijo para ver los roques que hay en el mar. Un verdadero espectáculo que nos brinda la naturaleza.

Tras disfrutar del paisaje, regresamos por donde vinimos (la carretera termina en Benijo) para visitar el casco histórico de La Laguna. Lo primero que tuvimos que hacer nada más llegar allí fue buscar un lugar donde comer. La suerte nos llevó a un bar con restaurante donde comimos a las mil maravillas y en el que se encontraba un cocinero de Salamanca que en sus tiempos jóvenes había jugado al fútbol por Cantabria. Al salir de allí nos fuimos a recorrer La Laguna. Es una ciudad con estilo colonial en la que es muy agradable pasear. Sus edificios conservan el sabor de otros tiempos.




Luego nos dirigimos a La Orotava. Una ciudad muy del estilo a La Laguna, pero está llena de empinadas cuestas ya que se encuentra en la ladera de una montaña.

Ya de regreso al hotel, cogimos la carretera que atraviesa la isla para recorrer el valle de La Orotava. Lo cierto es que no vimos mucho porque las nubes lo tapaban todo... hasta que las pasabas y dejaban un precioso mar de nubes a nuestros pies. La carretera pasa por el parque nacional de las Cañadas del Teide, así que pudimos tomar un primer contacto con lo que nos esperaría al día siguiente.



  

Como ya he dicho, la mañana siguiente nos dirigimos hacia el Teide para subir en el teleférico.

Aunque no llegamos tarde, tuvimos que esperar una considerable cola para poder subir. El teleférico impresiona un poquito, sobre todo cuando pasa por las torres que sugetan el cable porque se balancea... menos mal que nos avisaron.

El cambio de temperatura arriba es brutal: pasamos de estar a unos 25ºC a estar a 9ºC. Nosotros íbamos algo preparados, aunque algo más no hubiera estado mal. Una vez allí y superado el cambio térmico, nos dirigimos hacia el mirador de La Fortaleza. El camino está bastante acondicionado y no resulta demasiado complicado. Las vistas son preciosas e impresiona ver alguna de las rocas que en su día lazó el volcán.

Hay otras dos rutas para hacer allí arriba. Una de ellas es subir hasta el mismo pico del Teide. Para ello es necesario sacarse un permiso. Me arrepentí de no haberlo hecho porque aunque en la página web indica que es una ruta de dificultad alta, creo que en realidad la dificultad radica en la altitud en la que uno se encuentra. De hecho había gente que subía con niños. ¡Y pensar que no lo saqué por miedo!
La bajada en el teleférico no es menos impresionante.



Una vez abajo, nos fuimos a comer al parador nacional que se encuentra muy cerquita. Al terminar nos fuimos con el coche a ver las lavas negras y los roques de García y de allí nos dirigimos a Vilaflor. Nuestra intención era ir a ver el paisaje lunar pero, al llegar al pueblo y preguntar dónde comenzaba la ruta, una mujer no nos aconsejó hacerlo con las niñas a la hora que era. Así que lo tuvimos que dejar para mejor ocasión.


El tercer y último día de excursiones lo dedicamos a la costa sur-oeste de la isla. Nuestro primer destino fue Los Gigantes. Allí teníamos reservada una excursión en barco de dos horas de duración para ver las ballenas piloto y los acantilados desde el mar. Nos embarcamos en el hermano pequeño del Nashira-Uno y lo primero que hicimos fue adentrarnos en el mar hasta que la profundidad era de unos mil metros. Allí es donde se pueden ver las ballenas. ¡Y las vimos!. Las primeras que vimos eran una madre con su cría, luego aparecieron más y llegamos a ver hasta cinco. Fue emocionante ir de lado a lado de la embarcación para ver los mamíferos.




Después de un tiempo nos dirigimos hacia los acantilados. Son realmente impresionantes y preciosos. Llegamos a la bahía de Masca. Allí el barco para y, quien quiera, puede darse un baño. Mientras tanto la tripulación prepara la comida: una paella con pollo, bebida y unos plátanos de postre. Finalmente se regresa a puerto.






Desde Los Gigantes vamos hacia Masca. La carretera es aún peor que la de las montañas de Anaga. Pero al igual que en ese caso, el paisaje es directamente proporcional al número de curvas. Parece increíble que los antiguos pobladores consiguieran llegar hasta allí.


viernes, 12 de agosto de 2011

Palencia: Quintanas de Hormiguera

Todos los veranos vamos entorno a diez días a Quintanas de Hormiguera.

Es un pequeño pueblo situado en el norte de Palencia, rozando Cantabria.

Allí compraron mis padres una casa que han ido arreglando poco a poco y que han llegado a convertir en un lugar de descanso y relajo,
lejos de los ruidos y las prisas de la ciudad.


Allí se dispone del tiempo para disfrutar viendo como el paso de los días hace madurar una fresa, conversando con Lucas, visitando a Fernando y Alicia que tienen los únicos columpios del pueblo, paseando por el campo intentando ver alguno de los corzos que a veces bajan del monte a los campos de cereales o simplemente observando cómo una pareja de golondrinas alimenta a sus polluelos.

Mi padre tiene una huerta en la que las niñas han aprendido de dónde salen los tomates, los pimientos, las cebollas o las lechugas. Gracias a la huerta comemos unas ensaladas de primera... y los huevos de las gallinas de Lucas están para chuparse los dedos.

Aquí se tiene la oportunidad de observar el precioso jardín que la naturaleza misma puede ofrecer.


Muy cerca de Quintanas de Hormiguera se encuentra Villanueva de Henares. Un pueblo más grande y con grandes casas de piedra con preciosos escudos. En este lugar se pueden encontrar varias casas rurales.


Hay un camino que une a ambos pueblos atravesando los campos de labranza. Este camino tiene un desvío que lleva a los pies de Villanueva de Henares, donde se encuentra el menhir de Sansón. Existe una ruta que recorre estos menhires situados entorno a esta zona.



Existe otro camino que une a ambos pueblos a través del monte.





El camino atraviesa un precioso robledal que posteriormente se convierte en hayedo y en el que también se pueden observar acebos y avellanos. Es un paseo precioso en el que los niños pueden disfrutar viendo pequeños insectos, setas o huellas de los corzos que viven en el monte. El monte sigue sirviendo a los habitantes de ambos pueblos para surtirse de leña para el invierno.





Cerca del pueblo se pueden visitar lugares interesantes. Uno de ellos es la iglesia rupestre de Olleros de Pisuerga. Cuando se ve por fuera uno no se puede imaginar el precioso interior que le espera.





 
La piedra ofrece unas preciosas tonalidades ocres que decoran las paredes casi más de lo que pudieran decorar unas pinturas. Es impresionante el trabajo que ha debido llevar llegar a perforar la roca para convertirla en lo que ahora es.

Algo que me llamó mucho la atención es un precioso púlpito de madera tallada decorado con pinturas de vivos colores.





Otra muy recomendable visita es la de la villa romana 'La Olmeda'. Aparte de poder observar la distribución que tenía, lo más interesante es que podemos ver en su lugar original los mosaicos que cubrían los suelos de las zonas nobles de la vivienda.



Su estado de conservación es buenísimo. La visita guiada es aconsejable y se pueden escuchar perfectamente todas las explicaciones porque el guía lleva un micrófono y cada visitante su propio receptor.

Después de la visita se proyecta un vídeo con una reconstrucción tridimensional de la villa además de una recreación de su descubrimiento.




Cerca de la villa se encuentra Seseña. Un pueblo que también merece la pena visitar: la plaza vieja, la casa torcida...



Una preciosa excursión es subir a Las Tuerces.

Es una ciudad encantada en pequeña escala. Se llega en coche hasta Villaescusa de las Torres y allí se toma el camino que sube hasta la parte alta de la montaña que es donde se encuentran Las Tuerces.

El pueblo nos sorprendió: la iglesia es preciosa y hay un montón de casas que están rehabilitando con mucho gusto.

Según se toma altura se puede ver el río Pisuerga discurriendo a sus pies y, una vez arriba, se puede disfrutar con las caprichosas formas que el tiempo y la erosión han querido dar a las rocas.




Muy cerca de Quintanas está Aguilar de Campoo: la ciudad con olor a galletas. Con su castillo, su iglesia, su plaza, su colegiata, su monasterio... Un lugar donde poder ir al cine, sentarse en una terraza a tomar algo o ir a un parque con los niños.







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domingo, 12 de junio de 2011

La Rioja y Soria: Enciso (Ruta de los dinosaurios)-Yanguas-Garray

Salimos de Madrid el sábado tempranito hacia Enciso. Allí habíamos reservado una habitación en la posada rural Santa Rita.

Lo primero que hicimos al llegar fue reservar un lugar para comer. El primer sitio en el que entramos estaba ya completo y, para nuestra sorpresa, nos dirigieron a la casa rural donde teníamos nuestra reserva hecha. Así que allá nos fuimos a reservar una mesa y, de paso, dejar el equipaje que llevábamos.
Una vez asegurada la comida, nos fuimos a dar un paseo por Enciso. Lo primero que hicimos fue ir a la plaza del ayuntamiento donde hay un reloj en el que, a determinadas horas, sale un dinosaurio. Eran las doce menos diez, así que esperamos los diez minutos que faltaban para ver el acontecimiento. Después de los terribles rugidos nos fuimos a visitar el museo paleontológico.
Merece muchísimo la pena visitarlo. Es una perfecta primare toma de contacto con el mundo de los dinosaurios. Allí se puede ver una recreación del paisaje del lugar hace miles de años y los animales que allí avitaban. Se explica cómo quedaron marcadas las huellas de los dinosaurios que ahora podemos ver, también nos enteramos que no son 'huellas' sino icnitas. Existen también pequeñas películas de lo que sucedió cuando las huellas quedaron marcadas en el suelo basadas, precisamente, en dichas marcas. Se pueden ver los tamaños de los distintos dinosaurios, la forma de sus pisadas...
Recogimos unos folletos de los distintos yacimientos que pueden ser visitados y nos fuimos a comer. La comida en la posada Santa Rita está buenísima, así que si alguien se anima a ir, recomiendo que reserve antes porque el comedor no es demasiado grande.
El primer yacimiento que fuimos a visitar fue 'Virgen del Campo' al que se llega caminando desde Enciso. Debo reconocer que quedé un poco decepcionada al llegar allí. Las huellas no se veían claramente y lo único que llamó la atención de las niñas fueron las reproducciones de dos dinosaurios que allí se encuentran. Tras esa visita, fuimos al yacimiento de 'Valdecedillo'. Allí también hay unas cuantas reproducciones a tamaño real que son bastante impresionantes y huellas muchísimo más claras que daban testimonio del paso de aquellas gigantes criaturas por aquellos lugares.
Más animados después de esta última visita nos vamos al yacimiento 'Los Cayos'. El acceso no es sencillo ya que hay que ir a través de una pista sin asfaltar, pero realmente merece la pena. Las huellas mejor conservadas se encuentran cubiertas por una estructura metálica que las protege de las inclemencias del tiempo. Pero aparte de esas, hay otras huellas a la mano del visitante en muy buen estado de conservación que pueden ser tocadas y que atraen la atención de pequeños y grandes. Fue emocionante poner la mano en el lugar donde hace millones de años un dinosaurio puso su pata. Fue una especie de conexión con el pasado.


Finalmente, para terminar la tarde, nos dirigimos hacia los yacimientos 'Barranco de la Canal' y 'Peña Portillo'. Este acceso es bastante complicado pero no imposible (nosotros llevamos un coche bastante bajo y con cuidado pudimos acceder). La pista asciende bastantes metros hasta que por fin se divisa una reproducción de dinosaurio que marca la ubicación del primer yacimiento (el otro está en frente). Aquí las huellas están también muy bien conservadas y son de formas completamente distintas a las que hemos visto antes, además de tener un tamaño considerablemente mayor que en los anteriores yacimientos que hemos visto.


En 'Peña Portillo' hay también una estructura metálica para proteger una zona con abundantes huellas. El dinosaurio de este último yacimiento está más en alta y subimos hasta allí para hacer una foto. Cual fue nuestra sorpresa cuando al hablar un poco alto descubrimos que había eco. Mis hijas lo escuchaban por primera vez y pasamos allí un buen rato 'hablando con las montañas'.
Completamente satisfechos con nuestra particular ruta de los dinosaurios, regresamos a Enciso para cenar y descansar.

La ruta de regreso a Madrid la aprovechamos para hacer un par de visitas más. La primera de ellas fue en Yanguas, ya en Soria. Allí visitamos la iglesia, el puente, los lavaderos... precisamente detrás de este lugar sale un camino que va paralelo al río atravesando los chopos. Es un paseo precioso que no pudimos hacer completo porque no queríamos llegar tarde a nuestro siguiente destino: teníamos ya concertada una visita guiada en Numancia. La visita guiada fue muy interesante. Se han reconstruído dos viviendas de dos tiempos diferentes: las primeras del asentamiento y las posteriores a la llegada de los romanos. Se puede ver cómo se vivía en los dos momentos y las diferencias en lo que a las viviendas se refiere. El guía llevaba un micrófono y los visitantes un receptor que facilitaba poder escuchar todas la explicaciones claramente y sin perderse ninguna. Una gran iniciativa. Desde luego el yacimiento hay que visitarlo con un guía a no ser que se sea un buen conocedor de lo que allí se encuentra. Si no, puede parecer que no hay nada que ver.

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